
Construir un vínculo sólido y positivo con nuestros hijos e hijas es una de las tareas más importantes y valiosas de la crianza. Este lazo no surge de manera automática: se cultiva cada día, con tiempo, atención y mucho amor. No se trata solo de estar presentes físicamente, sino de cómo nos implicamos emocionalmente en la relación. A continuación, os compartimos algunas claves prácticas para fortalecer esta conexión tan especial:
A veces estamos tan inmersos en las prisas del día a día que, aunque oímos, no escuchamos de verdad. Practicar la escucha activa significa dejar lo que estamos haciendo, mirar a nuestros hijos a los ojos y prestar atención con todo nuestro ser. Esta actitud les transmite un mensaje muy potente: “me importas, lo que dices es valioso”.
No siempre podemos estar muchas horas con ellos, pero sí podemos hacer que cada momento cuente. Pasear, cocinar juntos, jugar o simplemente hablar sobre cómo ha ido su día crea recuerdos afectivos que perduran y refuerzan el lazo familiar.
Un abrazo, una sonrisa, una palabra de cariño... Los gestos de afecto son el alimento emocional de los niños y adolescentes. Les dan seguridad, refuerzan su autoestima y les ayudan a crecer sintiéndose amados y aceptados tal y como son.
Comprender sus emociones, incluso cuando no las compartimos o no las entendemos del todo, es esencial. Validar lo que sienten y mostrar empatía les enseña a reconocer y gestionar sus propias emociones con salud emocional y confianza.
Poner normas claras y consistentes es una forma de cuidar, no de controlar. Los límites bien explicados y aplicados con cariño ayudan a los niños a sentirse seguros, entender el mundo que les rodea y desarrollar responsabilidad.
A menudo nos centramos en corregir errores y olvidamos reconocer lo que hacen bien. Celebrar sus logros —por pequeños que parezcan— y destacar sus cualidades refuerza su autoestima y fortalece nuestra conexión con ellos.
Nuestros hijos aprenden mucho más de lo que ven que de lo que les decimos. Si queremos que sean respetuosos, empáticos y responsables, empecemos por serlo nosotros. Nuestro comportamiento cotidiano es su mayor escuela.
Jugar con nuestros hijos es una de las formas más poderosas de establecer vínculos profundos. A través del juego, se expresan, se sienten libres y aprenden a relacionarse. Además, compartir risas y momentos lúdicos refuerza la confianza mutua.
Cada niño o niña es único. Aceptar su personalidad, su ritmo de aprendizaje y sus intereses sin imponer nuestras expectativas permite que desarrollen una identidad sana y se sientan valorados por quienes realmente son.
Más allá de la presencia física, nuestros hijos necesitan sentir que estamos emocionalmente accesibles. Saber que pueden acudir a nosotros en cualquier circunstancia, sin miedo ni juicio, es la base de una relación sólida y segura.
Cuidar el vínculo con nuestros hijos e hijas es una inversión a largo plazo en su bienestar emocional y en la armonía familiar. No hay fórmulas mágicas, pero cada gesto de amor, cada escucha sincera y cada momento compartido suma. Porque construir una relación sana no solo es posible, sino que es el mejor regalo que podemos darles para su presente y su futuro.
María Martínez Hernández. Departamento de Orientación Escolar de Colegio San Cristóbal.
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