
Vivimos un momento apasionante y, a la vez, profundamente desafiante: la irrupción de la inteligencia artificial no solo ha transformado nuestra manera de trabajar o comunicarnos, sino que está modelando silenciosamente la forma en la que nuestros hijos piensan, sienten e incluso toman decisiones. Como comunidad educativa, en Colegio San Cristóbal creemos que ya no basta con enseñar a utilizar la tecnología; ahora es imprescindible educar para comprenderla, cuestionarla y protegerse de su influencia. A esto lo llamamos alfabetización algorítmica.
Cuando hablamos de algoritmos, no nos referimos únicamente a complejas fórmulas matemáticas. Estamos hablando de aquello que decide qué contenido ven nuestros hijos en redes sociales, qué recomendaciones reciben cuando buscan información o incluso qué oportunidades laborales o académicas se les mostrarán en el futuro. Cada “me gusta”, cada búsqueda y cada segundo de atención queda registrado, analizado y utilizado para perfilar sus gustos, emociones y hábitos. Lo que antes dependía del criterio personal, hoy puede estar determinado por la lógica invisible de programas que solo persiguen mantenernos conectados el máximo tiempo posible.
Esta realidad tiene una doble cara. Por un lado, la IA ha demostrado ser una herramienta extraordinaria en el ámbito educativo: permite resolver dudas al instante, proponer ideas, generar ejemplos y acompañar procesos creativos. Pero al mismo tiempo, puede fomentar la dependencia, debilitar el pensamiento crítico y reducir la capacidad de atención, memoria y planificación, habilidades esenciales que el cerebro humano solo desarrolla cuando debe esforzarse y equivocarse. Si un adolescente pide a una IA que le redacte un trabajo o que le dé argumentos para hablar con sus padres o incluso para romper con su pareja —sí, ya está ocurriendo— ¿qué espacio queda para la madurez, la empatía o el aprendizaje real?
A todo esto se suman otros riesgos: la posible exposición a contenido erróneo o inapropiado, la pérdida de privacidad, la aparición de sesgos discriminatorios en las respuestas automáticas o la incapacidad para distinguir lo verdadero de lo falso en un mundo donde las imágenes y vídeos pueden ser fácilmente manipulados. Y aunque las herramientas de IA se presentan como neutras, sabemos que no lo son: han sido entrenadas con datos humanos y, por tanto, arrastran también nuestras imperfecciones.
Por eso, como colegio, apostamos por una postura clara: ni alarmismo ni ingenuidad. No queremos prohibir la tecnología —sería tan inútil como injusto—, pero sí acompañar, formar y anticiparnos. Queremos que nuestros alumnos aprendan a usar estas herramientas como aliados, no como muletas; que sepan aprovechar su potencial sin renunciar a su autonomía; que entiendan qué hay detrás de cada recomendación, de cada filtro y de cada respuesta “instantánea”.
La alfabetización algorítmica significa enseñarles a preguntar:
¿Quién ha decidido que vea esto?
¿Qué quieren que piense o que haga después?
¿Qué datos estoy entregando sin darme cuenta?
¿Estoy tomando yo la decisión o la está tomando una máquina por mí?
Como educadores y familias, este es el reto que compartimos. Y cuanto antes empecemos a afrontarlo juntos, más preparados estarán nuestros hijos para vivir en una sociedad donde la inteligencia artificial no solo construye el mundo… sino que también construye identidades.
En Colegio San Cristóbal creemos firmemente que el futuro no pertenece a quienes más tecnología consumen, sino a quienes mejor la comprenden.
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