
Vivimos en una era donde la información fluye a velocidades vertiginosas y no siempre es fácil distinguir lo cierto de lo falso. Internet ha democratizado el acceso a contenidos, pero también ha facilitado la propagación de noticias manipuladas, bulos virales y teorías conspirativas. Y en medio de este escenario, nuestros hijos —nativos digitales— crecen sin contar siempre con las herramientas adecuadas para defenderse de esta avalancha de datos engañosos.
El 25% de las noticias que circulan en redes sociales pueden ser falsas o engañosas, según un estudio de la Universidad de Oxford. Y lo más preocupante es que los jóvenes, en muchos casos, no distinguen entre contenido verificado y un simple rumor viral.
De hecho, el 69% de los adolescentes españoles no identifica la diferencia entre un resultado de búsqueda orgánico y un anuncio pagado en Google. A esto se suma que más del 50% desconoce que los influencers pueden estar promocionando productos por los que han sido remunerados.
Esta falta de criterio informativo no solo afecta la forma en que los menores se relacionan con el entorno digital, sino que también puede tener consecuencias graves: problemas emocionales, conflictos en sus relaciones sociales, alteración de sus hábitos de consumo e incluso, en algunos casos, repercusiones legales.
Se identifican tres categorías principales de contenidos engañosos:
Fake news: noticias completamente fabricadas o con datos manipulados, como las que circularon durante la pandemia asegurando curas milagrosas sin base científica.
Teorías conspirativas: que desconfían de las versiones oficiales y promueven ideas sin fundamento, como la falsa relación entre el 5G y el coronavirus.
Infoentretenimiento: formatos que disfrazan de información seria contenidos sensacionalistas o de opinión disfrazada, muy comunes en ciertos programas de televisión o canales de YouTube.
Las motivaciones detrás de la creación de bulos son múltiples:
Entretenimiento: para gastar bromas o generar atención.
Interés económico: como el caso de los jóvenes macedonios que ganaban dinero difundiendo contenido viral falso durante las elecciones estadounidenses.
Venganza o daño personal: muy común en situaciones de acoso escolar.
Manipulación política: habitual en períodos electorales.
Alcance y notoriedad en redes sociales: buscando likes, seguidores y visibilidad.
Las fake news no solo confunden; también dañan. Compartir un bulo puede derivar en conflictos con amigos, advertencias en el trabajo o angustia emocional. Según el “I Estudio sobre el Impacto de las Fake News en España” (UCM), el 30% de los encuestados sufrió problemas personales tras reenviar noticias falsas.
En casos extremos, incluso puede haber consecuencias mortales: como el linchamiento de dos personas en México tras la difusión de una falsa alerta de secuestro infantil por WhatsApp.
Además, las noticias falsas con alto contenido emocional (odio, miedo, indignación) están asociadas a mayores niveles de estrés y problemas de salud, como demostró un estudio de la Universidad de Pensilvania que relacionó tweets negativos con enfermedades cardiovasculares.
Haz preguntas críticas: ¿De dónde viene esta información? ¿Hay fuentes citadas? ¿Parece exagerada?
Contrasta medios: Busca el mismo titular en otras fuentes fiables.
Analiza el lenguaje: Las noticias falsas suelen usar un tono sensacionalista, sin matices ni fuentes verificables.
Cuida el diseño del sitio web: Muchos bulos se publican en páginas mal redactadas, con errores ortográficos o exceso de publicidad.
Ejemplo práctico: Ante un titular como “¡Nuevo estudio revela que el ajo cura el cáncer!”, enséñales a buscar en fuentes científicas como PubMed si realmente existe tal estudio.
Los adultos también caemos en la trampa de compartir sin verificar. Admitir cuando nos equivocamos y mostrar cómo rectificamos es una poderosa herramienta educativa. Enseñar que cambiar de opinión ante nuevos datos no es debilidad, sino madurez.
Hablar abiertamente sobre lo que los hijos ven en internet ayuda a normalizar la revisión de información. Preguntar “¿qué viste hoy en redes que te llamó la atención?” puede ser el punto de partida para identificar y discutir noticias dudosas sin emitir juicios.
Muchos bulos se difunden porque confirman ideas que ya tenemos (lo que se conoce como sesgo de confirmación). Ayudar a los hijos a reconocer este sesgo les permitirá ser más objetivos y críticos, incluso con la información que les gusta.
Inculcar el pensamiento crítico en la infancia no solo previene la desinformación: también fortalece la autonomía, la empatía y la ciudadanía responsable.
Desde el hogar podemos implementar ejercicios sencillos como:
Comparar titulares sobre un mismo hecho en medios distintos.
Analizar si una imagen ha sido manipulada o sacada de contexto.
Simular cómo verificar una cadena de WhatsApp antes de reenviarla.
En un mundo saturado de información, enseñar a distinguir lo real de lo falso es tan importante como enseñar a leer o a sumar. Nuestros hijos no solo necesitan habilidades digitales: necesitan criterio, prudencia y empatía para convivir responsablemente en el entorno online.
Protegerlos de la desinformación no es aislarlos, sino acompañarlos y dotarlos de herramientas para que puedan navegar con seguridad, cabeza y corazón.
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