Mamá, ¿puedo subir esta foto?”: Preguntas sobre Internet que tus hijos te harán (y cómo responder)

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En el Colegio San Cristóbal llevamos años escuchando las mismas dudas, formuladas con palabras distintas por niñas, niños y adolescentes. Nosotros, como familia y escuela, debemos ser su referente también en el mundo digital. Por eso hemos reunido —e interpretado con lenguaje claro— preguntas frecuentes que surgen en casa y en el aula, inspiradas en la labor divulgativa de expertos como Guillermo Cánovas, colaborador del centro, para ofrecer respuestas prácticas y responsables. La idea es sencilla: anticiparnos a la conversación, hablar con serenidad y acordar reglas comprensibles, porque prevenir siempre es más eficaz que apagar fuegos.

Empecemos por lo que más preocupa: la huella que dejan las fotos y los datos. Cuando un menor sube imágenes a una red social, acepta unas condiciones que suelen incluir licencias muy amplias de uso. No significa que “pierda” su foto, pero sí que la plataforma puede utilizarla según sus términos. Nuestra recomendación es doble: configurar la privacidad al máximo y pedir siempre consentimiento antes de publicar imágenes donde aparezcan terceras personas. En España, si alguien es menor de 14 años, ese permiso lo deben dar sus progenitores; a partir de esa edad, el propio adolescente puede autorizar.

Otra inquietud habitual es cómo reconocer las noticias falsas. A los jóvenes les pedimos un gesto simple: antes de reenviar, verificar. Buscar el titular entre comillas, contrastar la fuente y desconfiar de mensajes con faltas, urgencias emocionales o promesas increíbles. Compartir sin comprobar deteriora la credibilidad, hace daño y, sobre todo, normaliza la desinformación. En casa podemos jugar a “detectives de la red”: ¿quién firma?, ¿qué medio lo publica?, ¿hay otras fuentes que confirmen?

Sobre el tiempo de pantalla, conviene decirlo sin rodeos: no existe un número mágico de horas que defina una adicción. Lo relevante es el impacto en la vida diaria. Si el uso desplaza el sueño, los estudios, las relaciones cara a cara o el ocio saludable; si aparece irritabilidad al desconectar; si cada vez “necesita un poco más” para sentirse igual… entonces hay un problema. Acotemos franjas claras (sin pantallas antes de dormir, ni durante comidas), acordemos descansos y ofrezcamos alternativas atractivas. Educar es acompañar, no solo limitar.

¿Y los “nicks” inventados? Usar un alias que no revele datos personales es recomendable para menores, siempre que no se suplante a otra persona ni se incumplan normas del servicio. Lo que sí es delito es apropiarse de la identidad de un tercero. Si alguna vez alguien clona el perfil de nuestro hijo o accede a su cuenta, debemos actuar con rapidez: recopilar pruebas, reportar en la plataforma, avisar a la AEPD si procede y, en casos graves, denunciar.

Publicar fotos de un cumpleaños “con permiso” es correcto… si ese permiso existe. Con menores de 14 años lo otorgan sus familias; por encima de esa edad, los propios adolescentes. Si no hay autorización, mejor evitar rostros reconocibles o usar recursos que no identifiquen: planos generales, espaldas, desenfoques. Y atención a otro clásico: “¿Puedo poner de avatar la foto de un famoso?” La imagen es un dato personal y, además, suele estar protegida por derechos de autor. La alternativa ética y segura es optar por ilustraciones libres, bancos con licencias abiertas o diseños propios.

Los buscadores no son jueces de veracidad; ordenan resultados con criterios técnicos. Por eso animamos a nuestros estudiantes a “curar” contenido: revisar autoría, fecha, propósito del sitio y separar publicidad de información. En edades tempranas es frecuente no distinguir anuncios patrocinados de resultados orgánicos: es un aprendizaje imprescindible.

Al desinstalar una app, esta deja de acceder al dispositivo, pero los datos previamente cedidos pueden seguir almacenados en servidores o en manos de terceros. La secuencia correcta es: borrar contenidos dentro de la app, cerrar la cuenta y, después, desinstalar. Y antes de instalar nada, leer permisos: acceso a cámara, micrófono, contactos o localización no deberían concederse por inercia.

Más dudas recurrentes: “¿Pueden verme por la cámara?”; “¿Necesito antivirus en el móvil?” Sí, existen programas espía que se instalan al abrir adjuntos o enlaces maliciosos. La higiene digital es no negociable: sistema y aplicaciones actualizados, antivirus activo (especialmente en Android y ordenadores), descargas solo desde tiendas oficiales, desconfianza ante acortadores de URL y códigos QR de origen dudoso. Lo mismo con el spam y el phishing: si no esperábamos ese mensaje, si “urge” validar una cuenta o promete regalos, no se abre, no se pincha, se elimina y se reporta.

Sobre WhatsApp y privacidad: el cifrado punto a punto protege las conversaciones, pero la seguridad no depende solo de la tecnología. Activar la verificación en dos pasos, revisar quién puede ver la foto de perfil y el estado (mejor “solo mis contactos”) y recordar que cualquier interlocutor puede hacer capturas. En paralelo, conviene hablar de ubicación: compartirla indiscriminadamente revela rutinas, domicilios, trayectos y hábitos. En la mayoría de casos, es un permiso que debe estar desactivado por defecto.

Los videojuegos y su “enganche” aparecen a menudo en la conversación. Algunos títulos combinan metas infinitas, recompensas impredecibles y fuerte componente social, lo que aumenta su potencial de dependencia. No es motivo para demonizarlos, sino para acompañar: conocer a qué juegan, pactar tiempos, priorizar partidas con amigos conocidos y espacios comunes de juego en casa.

También hay que hablar de reputación digital. Lo que hoy parece una broma puede reaparecer mañana en un proceso de beca o selección laboral. Limitar públicos, pensar antes de publicar y pedir a los amigos que respeten nuestra imagen son hábitos protectores. Y si aparece contenido perjudicial que vulnera derechos, existe el llamado “derecho al olvido”: se puede solicitar a los buscadores la retirada de enlaces, además de emprender acciones contra quien publicó.

El ciberacoso requiere un protocolo claro: no responder a provocaciones, dejar constancia pidiendo que cese, bloquear, reportar en la plataforma, conservar pruebas y comunicar a la familia y al centro. Si el agresor es del colegio, la coordinación con el equipo docente y la orientación es clave; si no se identifica, conviene acudir a unidades policiales especializadas. Recordemos que por debajo de los 14 años no hay responsabilidad penal, pero sí civil para los representantes legales.

Por último, una advertencia sencilla que evita muchos disgustos: cada persona es responsable de lo que sale de su dispositivo. Prestar el móvil sin supervisión o dejarlo sin bloqueo puede derivar en publicaciones, descargas o incluso delitos cometidos “a nuestro nombre”. En casa, las normas deben ser claras: contraseñas fuertes y distintas, guardadas de forma segura; nada de compartir claves con amistades; y, ante la duda, pedir ayuda.

Como escuela, creemos que educar en ciudadanía digital es inseparable de educar en ciudadanía a secas. No se trata de criar expertos en tecnología, sino personas críticas, empáticas y respetuosas que saben cuidarse y cuidar a los demás también en línea. La conversación empieza en casa y continúa en el aula. Nosotros estamos para acompañaros: con pautas, talleres y recursos, pero sobre todo con escucha y acuerdos que den tranquilidad. Si vuestro hijo o hija os pregunta “¿puedo subir esta foto?”, que encuentre en vosotros una respuesta informada, calmada y cariñosa. Ese es el mejor filtro parental.

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