Validación emocional: cómo acompañar y validar las emociones de nuestros hijos e hijas

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Desde el Departamento de Orientación del Colegio Internacional San Cristóbal compartimos esta reflexión con las familias, dentro de nuestro proyecto de educación emocional.

Como madres y padres, queremos que nuestros hijos crezcan felices y seguros. Por eso, cuando les vemos tristes, enfadados, frustrados o preocupados, solemos intentar aliviar su malestar de la forma más rápida posible. Queremos protegerlos del malestar y evitar que lo pasen mal. Sin embargo, en ese intento, a veces caemos sin darnos cuenta en un error muy común: intentar que desaparezca la emoción en lugar de acompañarla.

Frases como «no pasa nada», «no es para tanto» o «ya verás cómo mañana se te ha olvidado» suelen decirse con la mejor intención. Queremos tranquilizarles, animarles o hacerles ver que aquello que les preocupa no es tan grave. Pero, desde su perspectiva, lo que sienten es real y tiene importancia. Cuando una emoción se minimiza constantemente, el mensaje que puede recibir el niño es que sentir determinadas emociones no está bien o que no merece la pena expresarlas.

Aquí es donde entra en juego la validación emocional, una herramienta fundamental para el desarrollo emocional de niños y adolescentes.

Validar una emoción significa reconocer lo que nuestro hijo siente, aceptar su experiencia emocional y hacerle saber que le entendemos, aunque no compartamos su reacción o no podamos cambiar la situación que está viviendo. No se trata de dar la razón en todo ni de permitir cualquier comportamiento. Se trata de transmitirle que lo que siente tiene sentido y que no está solo mientras lo atraviesa.

Pensemos, por ejemplo, en un niño que llega llorando porque ha discutido con su mejor amigo. Desde la mirada adulta, puede parecer un conflicto pasajero. Sin embargo, para él ese problema ocupa todo su mundo emocional en ese momento. Cuando respondemos con un simple «ya se os pasará» quizá estamos intentando quitarle importancia para que sufra menos, pero probablemente lo que necesita escuchar es algo mucho más sencillo: «Entiendo que estés triste. Es normal que te sientas mal si has discutido con alguien a quien quieres».

Curiosamente, cuando las personas nos sentimos comprendidas, solemos calmarnos antes. Necesitamos menos soluciones y más conexión. Lo mismo ocurre con nuestros hijos. A menudo no buscan que resolvamos el problema de inmediato, sino sentir que alguien les escucha y les acompaña.

Esto es especialmente importante porque tendemos a clasificar las emociones en positivas y negativas. Nos gusta que nuestros hijos estén alegres, tranquilos y motivados, pero intentamos alejarlos de la tristeza, el miedo o la frustración. Sin embargo, todas las emociones cumplen una función y aportan información valiosa. La tristeza aparece cuando perdemos algo importante, el miedo nos prepara para afrontar riesgos y la frustración nos ayuda a tolerar que las cosas no siempre salen como esperamos.

La finalidad de la educación emocional no consiste en que nuestros hijos no experimenten emociones desagradables. Eso sería imposible. El verdadero objetivo es que aprendan a reconocerlas, expresarlas y gestionarlas de forma saludable. Para lograrlo, primero necesitan sentir que esas emociones tienen un espacio seguro donde ser acogidas.

Validar emocionalmente no requiere grandes conocimientos de psicología ni respuestas perfectas. Muchas veces basta con detenernos, escuchar y mostrar interés genuino. En lugar de apresurarnos a buscar soluciones, podemos intentar comprender qué está viviendo nuestro hijo. A veces una frase tan sencilla como «veo que esto te ha afectado mucho» puede tener más impacto que una larga explicación.

También es importante recordar que validar no significa eliminar los límites. Un niño puede sentirse muy enfadado porque le hemos dicho que no a algo que desea. Podemos comprender su enfado y al mismo tiempo mantener nuestra decisión. De hecho, una frase como «entiendo que estés enfadado porque querías seguir jugando, pero ahora toca recoger» combina perfectamente la validación emocional con el establecimiento de límites claros.

Durante la adolescencia, esta necesidad de sentirse comprendidos sigue siendo igual de importante. Aunque los adolescentes busquen más independencia y parezcan compartir menos cosas con los adultos, continúan necesitando referentes que les escuchen sin juzgarles constantemente. Cuando minimizamos sus preocupaciones porque nos parecen exageradas o poco importantes, corremos el riesgo de que dejen de recurrir a nosotros cuando realmente lo necesiten.

Por otro lado, no debemos olvidar que nuestros hijos aprenden principalmente observándonos. Si queremos que expresen sus emociones con naturalidad, conviene preguntarnos cómo gestionamos las nuestras. Educar emocionalmente no consiste en ser padres perfectos, sino en ofrecer modelos reales que muestran que todas las emociones tienen cabida y pueden gestionarse de forma adecuada.

Al final, lo que más suelen recordar los niños no son nuestras explicaciones ni nuestros consejos, sino cómo les hicimos sentir en los momentos difíciles. Cuando un hijo percibe que puede acudir a nosotros con cualquier emoción, sin miedo a ser juzgado o rechazado, se fortalece un vínculo que será un factor de protección durante toda su vida.

Porque, en realidad, validar no significa resolver. Significa hacer saber a nuestros hijos que lo que sienten importa, que tienen derecho a sentirlo y que estaremos a su lado mientras aprenden a comprenderlo y gestionarlo. Y, aunque pueda parecer un gesto pequeño, pocas herramientas educativas tienen un impacto tan profundo y duradero como sentirse escuchado, comprendido y acompañado.

María Martínez Hernández
Departamento de Orientación - Colegio Internacional San Cristóbal

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